Los Pueblos del Noroeste: Galaicos, Astures y Cántabros


Adapatado de MARTÍN ALMAGRO, O. et al. Protohistoria de la Península Ibérica.
Ed. Ariel S.A., 1ª edición de febrero de 2001. Cáp. V, págs. 377-381.


2.1. Galaicos, astures, cántabros. Otros pueblos.


Los pueblos del Noroeste, entre los que cabe incluir a los galaicos, astures y cántabros, corresponden básicamente a la cutura castreña, una de las más peculiares y atrayentes de la Península. Estas tierras constituyen el finis terrae.

Los galaicos habitaban las tierras del noroeste a partir del Duero, enlazando con los lusitanos por una clara zona de transición. Por el sureste limitarían con los vetones y al este con los astures, que se extendían por las actuales tierras de León y Asturias a partir de El Bierzo y más allá del valle del Navia.

Bajo el nombre de Galaicos se engloba gran número de pueblos diversos cuya denominación da sólo una idea aproximada de su origen, de evidente origen céltico pero no acorde con la mayor parte de sus elementos culturales y étnicos, como evidencia el hecho de que fueran incluidos en la Lusitania en las primeras divisiones administrativas después de su conquista.

Los astures se extendían desde las tierras de los galaicos por el oeste hasta el valle del Sella por el este, donde comenzaba el dominio de los cántabros, pero por el sur ocupaban la parte noroeste de la Meseta hasta el río Esla, que constituiría el límite oriental con los vacceos, llegando incluso a estar en contacto con el extremo septentrional de los vetones. Así se comprende que los astures que habitaban al sur de la cordillera Cantábrica fueran en parte afines a los vacceos, con una clara zona de transición entre el Cea y el Esla, mientras que los astures pésicos, que vivían en la costa, lo eran de los cántabros.

Éstos se extendían a continuación entre el y las llanuras de la Meseta pero centrados en los Picos de Europa. Sus límites occidentales eran los astures y en los orientales los austrigones, que se extendían desde Castro-Urdiales hasta La Bureba, mientras que por el sur limitarían con los turmogos, al sur de La Lora, y con los vacceos por los altos valles de los ríos Esla y Pisuerga y sus afluentes, presentando con ambos pueblos elementos comunes, especialmente en la cultura material.



2.2. La economía. Cultura material.

Igualmente arcaica era su economía, basada esencialmente en el consumo de bellotas gran parte del año y en una agricultura de laya o azada, pues el arado, como el carro, sólo parece haberse introducido tardíamente desde el ámbito céltico. Estos medios de subsistencia se complementarían con la ganadería, más desarrollada en Gallaecia que entre los astures y cántabros. Estas costumbres coinciden con otras transmitidas desde la Antigüedad por contrastar con el mundo entonces civilizado, como dormir en el suelo, usar recipientes de madera en vez de cerámica, lo que puede explicar la mala calidad de muchas cerámicas hasta época tardía, el uso de piedras puestas al fuego para hacer hervir el agua o de mantequilla en lugar de aceite, el beber normalmente agua o cerveza, esto seguramente por influjo céltico, reservando excepcionalmente el vino para ocasiones como banquetes familiares, etc. Los historiadores antiguos han transmitido incluso otras costumbres consideradas aún más bárbaras, como la de lavarse con orina podrida, particularmente los dientes, o la de entonar cánticos de victoria, como hacían los guerreros cántabros cuando eran crucificados. Por el contrario, tal vez otras costumbres a que se refiere Estrabon, como la de comer en bancos comenzando por los más ancianos, puedan indicar tradiciones patriarcales de tipo indoeuropeo. Del mismo tipo podrían ser costumbres como el suicidio de los ancianos o el despeñar a los condenados y apedrear a los parricidas fuera de los confines del grupo.

2.3. La sociedad. Problemas en torno al matriarcado.

Todos los pueblos del Noroeste ofrecen una cultura de notable personalidad que puede, en general, englobarse con la cultura castreña. Muy característicos son los castros o poblados fortificados, por lo general con muralla de piedra a veces reforzada con fosos y más raramente con piedras hincadas. En su interior se agrupan casas redondas en conjuntos familiares sin orden alguno, lo que evidencia un escaso desarrollo urbano. En cambio, es importante señalar que son muy numeroros, lo que evidencia una población abundante.

Sus topónimos se utilizan junto al nombre para indicar la procedencia de los individuos, lo que supone una peculiar organización social, tal vez común a los lusitanos, en la que el castro aparece como suprema unidad por encima de la familia, organización muy distinta de las gentilidades que empleaban los celtíberos, vetones e, incluso, los astures, que en este aspecto aparecen más civilizados.

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Castro celta del Monte Santa Tecla, en Pontevedra



Más interesante todavía es la tradición de la preeminencia de la mujer, bien señalada por Estrabón, que se ha interpretado como un indicio de matriarcado y que parece contrastar con la fuerte organización patriarcal de los pueblos indoeuropeos. Las mujeres cultivaban la tierra y heredaban las posesiones, casaban a sus hermanos, a los que daban dote, habiendo pruebas epigráficas de familias matrilineales y de actuar como jefe de familia el tío materno, según Estrabón.

2.4. Culto y religión.



El mismo fenómeno se documenta en la religión. Ésta ofrece carateres arcaicos, como la adoración a elementos naturales tales como aguas, montes, bosques, etc., sin ningún componente iconográfico, lo que explica las referencias de que carecían de dioses o la noticia de que danzaban los plenilunios adorando a una divinidad innominada. Algunas de estas tradiciones ofrecen paralelos en las zonas indoeuropeas menos celtizadas, como las divinidades de los caminos, las tutelares de castros o grupos sociales que suelen empezar por Bande-, etc., cuyo culto se extiende por Gallaecia y Lusitania, a las que se deben añadir otros numerosos teónimos de tipo antiguo conservados en la epigrafía.

También hacían sacrificios a Marte, tal vez identificable con el dios indígena Cossu de astures y galaicos, de machos cabríos, prisioneros y caballos. Vaticinaban sobre las entrañas, cortaban las manos a los prisioneros y celebraban hecatombes y luchas, carreras y combates colectivos, bebían la sangre de los caballos sacrificados, etc. Algunas de estas costumbres parecen reflejar una posible celtización religiosa, dada su estrecha relación ideológica con costumbres guerreras que se han debido de imponer plenamente poco antes de la conquista romana.

En la lingüística cabe asimismo apreciar el arcaísmo de estos pueblos. Parece existir un sustrato muy antiguo, seguramente preindoeuropeo, peor conservado en Gallaecia que en Cantabria, donde permite relacionarlo con el vasco, con topónimos como Laredo, Selaya, etc. Sobre este sustrato pueden señalarse otros topónimos indoeuropeos, como Lama, Deva, Nava, y más evidentes son los elementos célticos en topónimos, antropónimos e incluso en residuos del vocabulario actual, especialmente en la agricultura. En la onomástica, por último, es interesante señalar que junto a escasos nombres típicamente galaicos o astures, la mayoría son comunes a los lusitanos y vetones, existiendo otros de origen céltico como Ambatus, Celtius, etc., especialmente entre los astures.